miércoles, 17 de abril de 2013

Historia Seria: Lágrimas de Sangre



Esta historia surgió en mi mente en forma de sueño dos días antes que me atreviera a escribirla. Pero ahora mis escrúpulos ya no existen, ahí os la dejo con música para acompañarla:
P.D: Si hay alguna falta o "error de dedo" disculpad, suelo escribir muy deprisa y siempre quedan algunos "bloopers" aún después haberla revisado =3




Lágrimas De Sangre

La luna emergía una luz azul a través de las blancas cortinas que bailaban al son del rebelde viento. Todavía no sabía que las palabras de la nota que sostenía en mi mano iban a marcar mi vida para siempre.
Estaba sentado en un banco, el sol caía poco a poco en el horizonte de casas y edificios. Había sido un error rotundo, había quedado con una chica cuatro años mayor que yo, cosa que no importaría mucho si no fuese por el hecho de tener quince años. Estaba abrumado, la misma frase deambulaba por mi cabeza a la vez que me paseaba por las calles de mi pueblo, buscando la estación. “Menuda cagada”. Sin ni siquiera darme cuenta me encontré en las puertas de la estación. La recepcionista dormía con la cabeza escondida en sus brazos y el camarero de la cantina hacia horas que se había marchado a casa. Así que salte las puertas automáticas con facilidad y me senté a esperar al tren.
***
El olor a humo de la estación de metro de Barcelona me había encantado desde pequeño. Ascendí de las profundidades del metro para encontrarme unas Ramblas iluminadas únicamente por la luz de las farolas. Busqué rápidamente una licorería que no tardé en encontrar. Compré una botella de un viejo vino que me costó muy caro. ”Veneno lento”, había leído una vez. La ocasión lo merecía. El dependiente me advirtió del frio que haría en unos minutos y me ofreció un abrigo que acepté. Era una gabardina negra como el azabache magnífica y completamente nueva. Miré asombrado al dependiente que me dijo. –Quédesela No todos los días un cliente me compra un Rioja de hace más de cien años!- Me dijo riendo. Tal vez el día acabaría mejor de cómo empezó. Le di las gracias al dependiente y salí de la tienda dejando oír el sonido de unas campanas que colgaban ante la puerta. El dependiente tenía razón, cinco minutos después de haber entrado en la tienda había venido un viendo gélido e invernal que te cortaba la cara. Tapé mi rostro con las grandes solapas de la gabardina y empecé a deambular por las Ramblas de Barcelona, buscando el mar, algo que en mi opinión, relajaba más que cualquier terapia. Busqué el puerto encontrándome con la estatua de Colón y me fui a sentar al borde del puente que lleva al Maremágnum. Agarré fuerte la botella y mordí el corcho con mis muelas, empecé a tirar hasta que el corcho cedió, haciendo escapar un chorro de vino al mar, desgastando posiblemente uno de los vinos más caros de la ciudad sin importarme lo más mínimo. Y sin otra mejor cosa que hacer, empecé a beber. Menudo vino, pensé. Nunca había probado un vino que fuese tan dulce. ¡La lengua se te podía adherir al paladar! Pasaban los minutos y yo seguía apurando la botella. Los efectos del alcohol empezaban a hacerme efecto y mi mente empezó a decirme cosas, a entretenerse torturándome recordando cosas no especialmente agradables. Entonces me vino a la mente la imagen de mi padre, sacudí la cabeza y metí un enorme trago al Rioja. Pero volvió a aparecer, estaba diciendo algo pero no podía oírlo. Y las lágrimas brotaron de mis ojos al oír otra vez sus palabras:
 Yo tenía siete años y había cometido una trastada, se me había caído el Actimel encima del mando del televisor nuevo. Intenté secarlo de todas formas hasta que mi padre me pilló con una estufa y un secador intentando lo imposible. Me empezó a gritar y a pegarme muy fuerte en la cara, yo no entendía nada de lo que decía, entre sus gritos y cómo me pitaban los oídos. Pero llegué a distinguir dos frases.- ¡Fuiste un error! ¡Debería haberme puesto un condón!-.
Al recordar aquellas palabras las lágrimas empezaron a caer sin piedad hasta que me descubrí sollozando y llorando a toda voz. No sé cuánto tiempo pasaría, quizás una hora, quizás un minuto. Pero noté una mano que se posaba en mi hombro, una mano blanca como la luna que se alzaba en aquella noche de Barcelona. – ¿Estas bien?- dijo la voz de una chica. Intenté balbucear algo pero me había quebrado la voz con el llanto. – Ven, cuéntamelo todo.- me giré para encontrarme a la dueña de la voz más bonita que mi memoria recordaría siempre. Su tez era blanca y su cabeza hacía forma de una lágrima boca abajo. Sus ojos azules como el Mediterráneo acompañaban a su melena de un rojo dorado como el fuego que había en mis ojos al recordar a mi padre. Sin ir más lejos, para mí fue la definición exacta de belleza. Entonces caí en la cuenta de su cara de preocupación, pero no era una falsa preocupación. Sus ojos reflejaban que estaba preocupada por mí de verdad, y nadie me había mirado nunca así. Me tomó de la mano con una confianza que parecía que nos conociéramos de toda la vida. Y me llevó de vuelta a la Rambla. Avanzamos con velocidad, ella tirando de mi mano y acabamos en la calle de Santa Ana, ella abriendo la puerta, y yo observando la tienda de al lado. Miré al cartel con la esperanza de leer “Sempere e Hijos” pero solo me encontré “LIQUIDACIÓN POR CIERRE”. Noté un tirón de la gabardina y ella me miró con una sonrisa –Sube.-.me dijo. Me cogió de la mano y me guió escaleras arriba y me hizo sentar en una butaca de un azul real .Entonces desapareció unos minutos para regresar con una taza de té verde caliente. Se acercó su butaca para ponerse cara a cara conmigo. Y solo fue capaz de formularme una única pregunta.- ¿Quién eres?- Claro que le conté quien soy y quien fui, le conté la razón por la que estaba en Barcelona pero me callé la razón por la que lloraba. –Si quieres puedes pasar la noche aquí, yo no tengo objeción y hay dos habitaciones. –me dijo. Acepté su oferta y me quedé a pasar la noche. Ninguno de los dos teníamos hambre así que nos fuimos directamente a nuestras correspondientes camas. Iba a ser una noche dura, como siempre que discutía con mi padre, pero me conseguí dormir después de dos horas dando vueltas en la cama.
Era medianoche y volvía a casa cansado. Al abrir la puerta nadie me recibió sin un saludo, todo estaba a oscuras, cuando encendí la luz del interruptor me encontré un charco de sangre que asomaba de la puerta del salón, rápidamente corrí a asomarme y me encontré a mi padre de rodillas con los cadáveres descuartizados de mi madre y mi hermano echando sangre por los suelos. Mi padre se puso a reír con el cuchillo en la mano y me miró.
Me desperté sobresaltado. ¿Qué me estaba pasando? ¿Por qué no podía quitarme esa imagen de mi padre de la cabeza? Impotente ante mi subconsciente, me puse a llorar abrazándome las rodillas y meciéndome. Entonces la encontré mirándome desde el umbral de la puerta con su rostro preocupado. La miré y lo único que fui capaz de decir fue.-Ayúdame.- Ella se acercó como si hubiera estado esperando esa orden y se subió a la cama y me abrazó. Poco a poco logró deshacer el nudo de dolor que era mi cuerpo hasta encontrarme cara a cara con ella, abrazada a mi preocupada. La abracé de la cintura y la miré a los ojos para fundirnos en un beso. Nos abrazamos más fuerte, noté sus pechos en mi cuerpo. Sé lo que tengo que hacer, no hay vacilación, no hay duda. Nos introducimos en un mundo de lujuria que solo duraría una noche, una noche larga y única en mi vida, que todavía le quedaba mucho por delante.
***
Horas más tarde. Con nuestros cuerpos cubiertos únicamente por una sábana ella empezó a dormirse, me aparté cariñosamente de ella para no despertarla y me empecé a vestir, aún quedaba algo que hacer esa noche.
Salí a la calle para encontrar un taxi, el trayecto fue completamente en silencio. Me encontré con la puerta de mi casa, faltaba muy poco. Introduje la llave poco a poco y empecé a girarla hasta oír un chasquido.
***
Era medianoche y volvía a casa cansado. Al abrir la puerta nadie me recibió sin un saludo, todo estaba a oscuras, cuando encendí la luz del interruptor me encontré un charco de sangre que asomaba de la puerta del salón. La espada de la familia estaba colgada en la pared, el otro día me había tocado llevarla a arreglar pues se había abollado la hoja La cogí con decisión. Rápidamente corrí a asomarme y me encontré a mi padre de rodillas con los cadáveres descuartizados de mi madre y mi hermana echando sangre por los suelos. Mi padre se puso a reír con el cuchillo en la mano y me miró…
***
-¿Qué coño haces aquí basura? ¿Quieres acabar como tu familia?- Me dijo una voz que no era exactamente paternal.
-Vengo a hacerte una pregunta únicamente.-dije
-Si quieres que te responda con el cuchillo no hay objeción-.me respondió
-Ni lo intentes ¿Quién es mi padre?-empecé a sudar.
-¡Vaya! Tal vez no seas tan tonto como lo pintaba tu padre, me alegra que hayas llegado a esa conclusión. Pero me parece que hay un pequeño problema...No te lo voy a decir.-empezó a reír.
-Esa era la respuesta que quería.-dije.
Bajé la cabeza, me limité a sonreír y  me abalancé sobre él…”

No podía creerlo, su mejor amigo no podía haber hecho eso. Se conocían desde los doce años y siempre se habían llevado como hermanos, su hermano no podía haber hecho algo así. Siempre se había llevado mal con su padre pero no podían haber llegado a ese punto. Se tiró al sillón, incrédulo y miró a los tres cadáveres que había en el suelo, una joven de veintidós años degollada, una mujer apuñalada. Y un hombre con una espada clavada en el corazón, si es que lo tenía…




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